Rodolfo Bernal



viernes, 3 de abril de 2009

Moshinsky recuerda a su maestro Einstein en Princeton: me decía ''al final comentamos el punto, joven'', y lo comentábamos


Por Rigoberto Aranda (La Crónica de Hoy)

Trayecto Académico
Marcos Moshinsky es licenciado en Física por la UNAM, además de poseer una maestría y doctorado por la Universidad de Princeton. Investigador Titular en el Instituto de Física de la UNAM, donde ha laborado desde 1942, fue jefe del Departamento de Física Teórica de 1968 a 1974. Es miembro de El Colegio Nacional y del Consejo Consultivo de Ciencias de México.

Reconocimientos
El físico mexicano ha sido condecorado con los premios Nacional de Ciencias (1968), Príncipe de Asturias (1988), de Investigación en Ciencias de la Unesco (1997), Weizmann en Ciencias y Humanidades (2003), de la Academia de la Investigación Científica (1961), y medalla al Mérito Académico de la Sociedad Mexicana de Física. Es doctor Honoris Causa por la Goethe University y la UNAM.

El joven Marcos Moshinsky levantó la mano y preguntó:
— Profesor, no entiendo a esta última parte de su explicación sobre los cuantos…
— Al final, comentamos el punto, joven.
Y sí, cuando Albert Einstein terminó su conferencia, se sentó en la orilla del escritorio y charló con el estudiante mexicano que hacía su doctorado en Física en Princeton.
“Veía pasar a Bohr, A Oppenheimer, a Heisenberg”. Su director de tesis, Eugene Wigner, fue uno de los pioneros de la radiación cósmica.
Pero no sólo los veía pasar. La Física atravesaba por su momento más importante. Para bien y para mal, como Moshinsky admite, cuando reflexiona sobre el descubrimiento de la fisión nuclear y su peor consecuencia: la bomba atómica.
Cuando regresó a México en 1950, ya tenía trabajo en el Instituto de Física de la Universidad Nacional. Aunque en ese entonces, dicho “instituto” se reducía a un cuarto en el Palacio de Minería, donde cabían los escritorios del director, la secretaria y dos investigadores, además de la “biblioteca”. “Todo cabía, y yo veía pasar la vida de la ciudad, porque mi ventana daba a la calle de Tacuba…”
Es la vida de México en el siglo XX vista por Marcos Moshinsky, uno de los más importantes científicos de la historia del país, no sólo por sus aportes a la Física Teórica, los múltiples reconocimientos internacionales y ser maestro de prácticamente todos los físicos y astrofísicos mexicanos importantes de la actualidad.
Moshinsky estudió las licenciaturas de Física y Matemáticas de manera simultánea, y antes de culminar ya era ayudante de investigador.
Terminé la carrera de matemáticas porque ambas cosas me interesaron siempre. Desde la secundaria. Esto ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, hace más de 60 años. Después de la Guerra, conseguí que me admitieran en el departamento de Física de la Universidad de Princeton en EU, y ahí hice mi doctorado. Noté que tenía cierta habilidad en ese campo, y no la tenía en otros.
—¿Recuerda a algún profesor en especial?
— Alfredo Baños, entonces director del Instituto de Física, fue quien me dio el primer empleo; el doctor Nápoles Ganda, y desde luego, Manuel Sandoval Vallarta, que había regresado a México y daba conferencias en el campo de la radiación cósmica en el Colegio Nacional.
—¿Y en Estados Unidos?
— Mi director de tesis doctoral era un físico muy importante. Pero asistían Albert Einstein, Niels Bohr, Oppenheimer… casi todos los premios Nobel de Física de esas épocas. Yo asistía a todas las conferencias que podía,
—¿Cómo era Einstein?
— Era ya una leyenda. Pero era un profesor. Le gustaba dar clases y discutir ideas.
— ¿Cómo era el ambiente en Princeton?
— Para un estudiante de doctorado en Física, excelente. Imagínese poder escuchar a Niels Bohr, a los creadores de la mecánica cuántica, Heisenberg, Schoeringer. Princeton creó en esos años el Instituto de Estudios Avanzados uno de los primeros en su tipo en el mundo. Einstein y Bohr contribuyeron a una revolución en los conceptos de la Física
— ¿Cuál fue la idea que más le impactó profesionalmente?
— La mecánica cuántica, que es una manera de poder tener una base teórica para entender los procesos que ocurren en los átomos y en los núcleos atómicos.
— ¿Después de Princeton, no fue difícil regresar a México?
— Estuve de 1946 a 1949. Pero tenia yo un puesto en la UNAM desde antes de irme. El Instituto de Física era un solo cuarto, donde estaba el director, la secretaria, la biblioteca de física… todo ocurría en un cuarto. Pero era un México distinto.
— ¿Cuál ha sido su campo de interés?
— En un principio fue la física nuclear. Hoy es la física teórica, y el último año he estado interesado en describir los efectos transitorios de la mecánica cuántica, que es física teórica.
— ¿Su mayor logro?
— El mostrar la importancia de las transformaciones canónicas que originalmente encuentran su representación unitaria en la mecánica cuántica. Eso nos permite comprender entonces su poder para resolver problemas cuánticos. Otro logro fue encontrar la difracción en el tiempo.
— Con Moshinsky, la Física se escucha fácil. La pasión y los recuerdos de los genios que conoció le ganan al ser humano, que sin embargo, subyace bajo las décadas enteras dedicadas a pensar, como llama a su labor en la Universidad.
— (Paul) Dirac –a quien también conocí en Princeton— unió la mecánica cuántica con las ideas que Einstein desarrolló desde 1905 en relación con la relatividad. Dirac fue quien pudo conectar la mecánica cuántica de Schoeringer con la relatividad de Einstein. Dos ideas independientes que surgieron cerca del inicio del siglo XX y que hallaron su forma conjunta después de Dirac y muchos otros que siguieron.
— Moshinsky ente ellos. En ocasión del Año Internacional de la Física en 2005, Arturo Menchaca, director del Instituto de Física de la UNAM, recordaba que Moshinsky, gracias a su trabajo en Mecánica Cuántica, ha sido merecedor de los más importantes premios en el área, como la medalla Wigner, que lleva el nombre de su tutor en Princeton, el Príncipe de Asturias en 1988. Esta dedicación de poco más de 70 años a la ciencia se explica por la pasión que consume todavía a este hombre, nacido en Ucrania, pero que vive desde los cuatro años en México.
— ¿Cuántas horas trabaja al día?
— No tengo horario. Puede ser de 10 a 2, pero en las tardes trabajo en mi casa. Si estoy en un problema que me interesa y en el proceso de hacer una publicación en relación con los resultados, pues puedo trabajar mucho tiempo. Todo el día y parte de la noche.
— ¿Cuando no hace física, qué hace?
— Viajar. Generalmente lo hago en conexión con mi trabajo. He estado en muchas partes del mundo. Si voy a una conferencia o a un congreso, me dedico también a ver el lugar.
— ¿Cual es su lugar favorito del mundo?
— Aquí. Es donde estoy trabajando y donde me han dado oportunidad de realizar mi trabajo con amplia libertad. El lugar que más me interesa es México, aunque confieso que la ciudad de México no es ya la ciudad que yo conocí cuando era joven y estudiante. Ahora es un monstruo, que a veces me irrita mucho, y hasta me angustia. Hay problemas que no se cómo se van a resolver.
— ¿A dónde sale con su familia?
— Soy casado dos veces, no tengo hijos. La primera vez estuve casado 20 años y cuando murió Helena, una de sus amigas que venia mucho a la casa y conocía bien, aceptó casarse conmigo. Con Esperanza del Río he vivido 30 años. Nos gustaba mucho viajar juntos, y ahora tengo un problema, porque ella ya no puede hacerlo.
— ¿Qué opina de la computación?
— Tiene un influencia grande en mi área de trabajo, pero yo no lo hago. Si alguna investigación requiere grandes cómputos para checar la posibilidad de error en grandes cifras, o cuando tienen algo que ver con cosas experimentales. Prefiero ocupar mi tiempo en pensar. Además, Heisenberg y Schoeringer no utilizaron computadoras.
— ¿Falta apoyo a la ciencia?
— El numero de científicos que debiera tener un país de 100 millones de habitantes es mucho mayor al que tenemos hoy en México. El problema es agudo para muchos jóvenes.
— ¿El siglo XXI es como usted se lo imaginó?
— Desde el punto de vista del desarrollo de la ciencia, sí. Pero desde el punto de vista del desarrollo de las comunidades humanas, no. Un ejemplo es esta ciudad. Como yo la recuerdo, cuando era joven o niño, era una ciudad realmente agradable.
— ¿Ha sido feliz?
— Hojeaba antier un libro de Bertrand Russell en el que se preguntaba qué es la felicidad. Es un problema definir felicidad. Yo no me puedo quejar de cómo ha transcurrido mi vida. Pero cuando mi esposa murió… no se qué decirle. En conexión con mi trabajo no me puedo quejar.
— ¿Cree en Dios?
—No se qué cosa es creer en Dios. Qué significa la palabra Dios. ¿Usted la puede definir?
— No
— ¿Porqué me pregunta si creo en algo que nadie puede definir?
— ¿Qué espera del futuro?
— Dada mi edad no me interesa mucho mi futuro, pero sí me preocupa el futuro de la especie humana. Scientific American publicó un nota que dice que en el momento actual existen 100 mil bombas nucleares repartidas alrededor del mundo. Imagine si alguien las vuelve a usar. La situación me parece bastante crítica por los terroristas. Quisiera un mundo más pacífico, con más concordia entre todas las religiones y nacionalidades. El desarrollo de la ciencia ha cambiado radicalmente nuestra vida. Gracias a la ciencia, podemos protegemos de las calamidades naturales, las inundaciones, huracanes, tornados.
Pero el peligro más grande para el futuro de la humanidad son los seres humanos. La falta de convivencia. Si pudiéramos tener la misma confianza para resolver la discordia con la que podemos enfrentar los fenómenos naturales y las enfermedades, las condiciones de vida serían más satisfactorias para todos.

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