Rodolfo Bernal



sábado, 31 de diciembre de 2011

“D I O S”

 

 

 

 

 

 

Por Víctor Hugo

Agitador eterno de las moles,

que van con formidable movimiento,

rodando en la extensión firmamento.

Creador de mundos, constructor de soles,

mi raquítico y torpe entendimiento,

apenas a llegar a ti se atreve,

aunque hasta  ti con avidez le lleve,

la misma actividad del pensamiento.

El infinito existe, con espanto

yo lo miro extenderse en rededor mío

y luego dilatarse tanto …. tanto,

que da miedo pensar que esté vacío.

El espacio que aparta las estrellas,

¿Será un desierto inútil, mudo, frío,

sin más objeto que mediar entre ellas?

Y esas esferas cuyo rumbo cierto

calcula y determina al hombre mismo,

¿Son desiertos rodando en el desierto

o soledades cayendo en el abismo?

La esfera que yo habito es un grano de arena

comparada con muchas de las que hacen su jornada

por el camino azul del infinito.

Y estando este mundículo cuitado

por seres mil desde sus blancos polos

hasta su línea equinoccial poblado…

¿Los demás, por ventura estarán solos?

No puede ser, por la faz de la Tierra

se derraman seres cual yo, que piensan,

sienten y quieren, gozan y sufren, aborrecen y aman,

mas nacen, luchan por la vida y mueren.

¿De dónde al mundo terrenal venimos?

¿Porqué razón sufrimos y gozamos

y cuando aquí nuestra misión cumplimos,

a qué lugar del infinito vamos?

¿Porqué aquí la razón y la conciencia,

en cada cual progresan y varían,

a medida que la flor de la humana inteligencia,

se nutre con los jugos de la ciencia,

en los feraces campos de la vida?

Progresan y varían como lo hace la materia

que al cuerpo constituye,

con la que tienen un estrecho enlace

y la materia ni en el niño nace,

¡ni en el cadáver yerto se destruye!

Luego este mundo tiene la materia

y el espíritu viene del espacio

para habitar su exigua preferencia,

ya sea una choza o un palacio,

ya sea en la abundancia o en la miseria.

Luego el alma a la hora de la muerte,

vuelve al espacio más adelantada,

en la Tierra dejando abandonada

una envoltura material ya inerte,

que solamente la pidió prestada.

¿Porqué en los otros no a de ser lo mismo?

Cada astro debe contener sus hombres

que tendrán otras formas y otros nombres

y la vida con otro mecanismo.

Vivirán más de prisa o más en calma,

unos serán más grandes que los otros,

pero, en esencia, son como nosotros,

seres compuestos de materia y alma.

Hay, pues, dos universos: el sensible y el moral,

misteriosos y profundos; el uno material,

el de los mundos, el otro, el de las almas, invisible.

¿Cual fue primero? ¿El alma o la materia?

¿Nacieron a la vez? ¿Cómo? ¿De donde?

¡Formidable cuestión, que a la miseria

de nuestra pobre concepción se esconde!

Pero ambas tienen alguien quien la rige

y con mano inflexible las gobierna

y una ley que sus ímpetus dirige,

sabia, inmutable, ineludible, eterna.

¿Cuál es esa ley, a dónde está la mano?

La ley es la tracción desde la estrella

al más pequeño grano, fatalmente sujetas van a ella;

La mano es la de Dios, ser soberano,

cuyo nombre en sus obras está escrito y con el alma

está en el cuerpo humano,

está en la eternidad y el infinito.

Zeus en Grecia, Júpiter en Roma,

Auramazda en la Persia, Tien en China,

Elim, Brahama, Jehová,

mil nombres tiene en el lenguaje la entidad divina.

Pero en todos proclaman su existencia,

la misma idea con distinto nombre,

innata en el espíritu del hombre,

innata en su razón y en su conciencia.

Orgullosa y altiva la mirada

delante del humano poderío,

ante el tuyo se inclina anonadada

y mi alma permanece arrodillada

a todas horas ante ti, Dios mío.

No alcanzo a comprenderte,

Pero veo en torno mío por doquier tus huellas,

en el cielo marcadas con estrellas

y en la tierra con vidas.

Y, yo creo, aunque diga quienquiera que me equivoco,

que es preciso ser necio o estar loco,

o ser imbécil para ser ateo.

Pero… abusado han de tal manera,

las religiones de la idea divina,

que el vulgo adora dioses de madera,

de piedra, de metal y hasta de harina.

Y llama ateo, considera impío,

al que no se arrodilla reverente,

ante el ídolo humano que, imprudente,

en tus altares se instaló ¡Dios mío¡

A despecho del vulgo ruin y estulto,

nosotros, Dios eterno, te adoramos,

y... aún cuando estés a nuestro alcance oculto,

en honra tuya templos levantamos

y, en ellos, en tu nombre trabajamos

y te rendimos fervoroso culto.

Más adoramos tu divina esencia,

tu necesario Ser inabordable,

para la misma escrutadora ciencia

que, con ánimo siempre infatigable,

examina el anverso y el reverso,

de tu Creación que absortos admiramos;

¡Por eso, solamente te llamamos…

GRAN ARQUITECTO, AUTOR DEL UNIVERSO!

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